Por Dr. Pier Paolo Balladelli | Para LA NACION
La salud no depende primariamente de los servicios de salud,
sino de determinantes en otros sectores de la vida pública que pueden afectarla
negativamente o contribuir para su protección. La calidad del aire que
respiramos es uno de estos determinantes.
Según la OMS, la contaminación atmosférica fue responsable
de la muerte de unos 3,7 millones de personas menores de 60 años en 2012 y
afecta principalmente a los países de ingresos medios. Cuanto menor sea la
contaminación atmosférica de una ciudad, mejor será la salud respiratoria y
cardiovascular de su población. Si tenemos en cuenta que América es la región
más urbanizada del mundo, veremos que éste es un importante asunto de salud
pública que, además de medidas en el nivel local, necesita también de acuerdos
y acciones en el plano internacional.
Los estudios indican que la mala calidad del aire en
espacios interiores puede suponer un riesgo para la salud de más de la mitad de
la población mundial. Incluso, la contaminación del aire interior y exterior
combinados se encuentra entre los mayores riesgos para la salud en todo el
mundo.
En los hogares donde se emplea la combustión de biomasa y
carbón para cocinar y calentar los ambientes, los niveles de partículas en
suspensión (PM) pueden ser entre 10 y 50 veces mayores que los valores
recomendados en las Directrices sobre Calidad del Aire, elaboradas por la
Organización Mundial de la Salud (OMS) en 2005. Las PM afectan a más personas
que cualquier otro contaminante y sus principales componentes son los sulfatos,
los nitratos, el amoníaco, el cloruro sódico, el carbón, el polvo de minerales
y el agua.
Esas partículas están hoy muy presentes en el entorno en el
cual viven las familias. Los indicadores muestran que la contaminación
atmosférica está empeorando en varias ciudades; sin embargo, otras están
alcanzando avances notables.
La calidad del aire se puede mejorar cuando se materializan
políticas tales como la prohibición del uso del carbón para la "calefacción"
en los edificios, cuando se apoya el uso de combustibles renovables o
"limpios" para la producción de electricidad o cuando se asegura una
mejor eficiencia de los motores de vehículos.
En algunos distritos urbanos se está contribuyendo a mejorar
la calidad del aire mediante la promoción del "transporte activo", es
decir, dando prioridad a las redes de transporte público urbano, a caminar y a
andar en bicicleta.
Para que las personas adopten estilos de vida más saludables
es necesario que la promoción esté acompañada de un "entorno
facilitante"; en otras palabras, de condiciones en las cuales puedan darse
efectivamente tales estilos de vida sana.
Por ejemplo, para que la población elija más la bicicleta
para circular por cualquier ciudad es necesario contar con bicisendas de amplio
recorrido y en buen estado que faciliten la adopción de estas medidas
personales.
El buen manejo de los residuos es otro de los puntos que
también favorecen la obtención de una mejor calidad del aire. Estas iniciativas
no sólo limpian la atmósfera: también pueden servir como un catalizador para el
desarrollo económico sostenible y la promoción de estilos de vida urbanos
saludables, que a su vez redundan en otros beneficios para la salud y el bienestar
individual y colectivo.
Fuente: Diario La Nación